jueves, 13 de marzo de 2008

La producción del papel y el lujo. Factores que afectan a la lectura







Cristian Cottet

El lujo es un asunto delicado de tratar en tanto obliga a recurrir a los derechos que pueden o no tener cada sector de una sociedad. En este contexto la entrada más recurrida a su estudio se define por la importancia del respeto al uso de bienes que legalmente se han obtenido. Poseer un auto de treinta o cincuenta millones de pesos es un derecho si no ha sido obtenido por medios ilegales. Pero, ¿dónde comienza y termina la “legitimidad” y uso de la propiedad privada? La lógica que hoy nos gobierna dice que la legitimidad exclusiva del uso esta limitado sólo por el resguardo de la legalidad, pero ese resguardo refiere sólo a una sentencia individual y personal, desviando la atención de lo que puede entenderse como propiedad comunitaria, nacional o social. Un sillón fabricado con madera de pino cumple con la mayoría de las condiciones que puede hacerlo uno construido con alerce, ¿qué les diferencia? El lujo. Aquello que simplemente agrega un valor simbólico al producto, que incide, además, en el valor material y económico.
El lujo en su esencia es discriminador ya que no permite un acceso igualitario a todos los productos que el mercado y la legalidad permite. El lujo atenta contra la democracia cuando pre-define un artículo sólo para determinado sector social (minoritario por naturaleza). El lujo se sostiene sobre la premisa “yo tengo, ustedes no tienen” y el libro en Chile no esta ausente a la hora de esta básica reflexión. Las portadas en tapa dura, el uso de papel extra blanco en su interior y portada, la encuadernación cosida, los tirajes o importación de bajas cantidades, los formatos que se salen de estándar que se oferta (77 x 110 cm.), son soporte del lujo en el libro y elevan el valor de venta en tanto no existe una alternativa de lectura que facilite el acceso a otros sectores. Es también lujo en el libro la concentración de librerías en el sector oriente (dos o tres comunas) y la no accesibilidad material del “objeto libro” a toda la población. No pretendo hacer proselitismo de lectura, obligando a toda la población a leer los mismos libros. Lejos estoy de eso. Lo que espero poder explicar es que mientras estas condiciones de fabricación y distribución del libro, condiciones que se articulan en el lujo, ahí si estamos en presencia de una dictadura del mercado.
El libro de lujo, objeto que es predominante en nuestro estrecho mercado, es el que facilita la discriminación y, como respuesta, la piratería de libros. ¿Es la piratería de libros en Chile una respuesta al lujo y la segregación social? Ciertamente que si y es por eso que es dable desmarañar las redes sociales que se ven afectadas, sea positiva o negativamente, por este “flagelo”.
Junto al Impuesto al Valor Agregado (IVA) que se aplica a los libros, la piratería de libros es un tema del cual, cada cierto tiempo, debemos participar los chilenos. Sea como espectadores, sea como participantes, la piratería de libros cuya comercialización se resuelve en las calles, convoca el repudio público de editores y de la Cámara Chilena del Libro. Esta última incluso ha logrado concitar el apoyo de diversas instituciones del Estado para desplegar campañas y ofensivas de denuncia y encarcelamiento de piratas. Pero al puro estilo de Sir Francis Drake, aquellos que viven de esta actividad vuelven a aparecer en las veredas entre relojes importados, perfumes y discos tan piratas como los libros.
Pero, ¿por qué preguntamos si existe? Lo pirata está directamente relacionado con el bandidaje y por lo tanto con el accionar fuera de la ley, atenta al sostenimiento del lujo como paradigma de lectura. En este caso se trata de reproducir, en parte o totalmente, un libro sin autorización de quien posee los derechos económicos de propiedad. ¿Quiénes son los que reclaman y denuncian la piratería? Principalmente los editores y la agrupación gremial que los reúne: la Cámara Chilena del Libro. Si el libro, sea legítimo o pirata, es construido de papel, ¿por qué los papeleros, las empresas gráficas, los sindicatos de trabajadores gráficos o el público que consume este producto no reclama y se suma a las campañas de la Cámara del Libro? Sólo por una razón: no les conviene.
Piratear un libro ocupa casi la misma cantidad de tinta, de papel, de trabajadores y otros insumos que producir un libro legal en Chile. Al adquirir cada uno de estos productos los piratas pagan impuestos y al venderlos casi directamente el valor es menor. Gana el Estado por el impuesto recaudado en la venta de insumos, gana el importador de éstos y gana la empresa gráfica. Pero ninguno de estos actores se ven beneficiados por la importación de libros (que son preferentemente los pirateados). Dicho así, y estirando un poco el argumento, podríamos creer que estos mismos actores están siendo beneficiados indirectamente en el pirateo de libros. Entonces, ¿dónde comienza o termina la actividad pirata en lo referente a los libros en Chile? Si los límites están dados por la definición de “reproducir sin autorización una parte o todo un libro”, ¿cómo podemos calificar la actividad de fotocopiado en las bibliotecas universitarias? Así como es sabido que no existe biblioteca universitaria en Chile que cuente con ejemplares suficientes de libros para responder a los requerimientos que las cátedras demandan, también es sabido que todo estudiante universitario que se precie de tal ha debido recurrir al sistema de fotocopias para responder a las necesidades académicas. Digámoslo con su nombre: esta forma de reproducción es también una estrategia de piratería, sostenida por el sistema educativo.

Claramente el libro como objeto cultural, esta muy lejos de vivir una crisis simple o de resolución administrativa. Y digo “el libro” ya que a la hora de evaluar “la lectura” las complicaciones son diferentes. El origen de su factura, como es la obtención de papel o los instrumentos de impresión, la distribución y el lujo, son algunos de los ejes desde donde puede comenzar un debate profundo y con miras a resolver el real dilema que debemos hacernos cargo: los rasgos y características de la nueva instalación social y cultural del libro.
Mientras no se frenen algunos vicios, como son el bajo tiraje o la precaria distribución, difícilmente podremos poner atajo a uno de las peores malformaciones que este instrumento cultural adolece: el lujo. Malformación que es consecuencia de muchas otras que se toman como centrales pero que, en verdad, resultas ser expresión de ésta.
Reconozcámoslo, el libro es hoy en Chile un artículo de lujo y es resultado de las bajas cantidades de impresión, de la relación que se mantiene con su principal artículo de fabricación, el papel, y de la escasa presencia de “puntos de venta o distribución”, cuestión que resulta ser tierra fértil a otros vicios, como es el pirateo.
No le pidamos a la población que no adquiera libros pirateados si ni siquiera tiene acceso a una librería y si la tiene (cosa muy extraña) simplemente no puede gastar en libros lo que en verdad no posee. La represión sobre aquellos que reimprimen libros sin cancelar derechos económicos, puede seguir su camino de proteger el beneficio de una ínfima minoría. Lo queramos o no, los piratas seguirán existiendo mientras sean necesarios para el grueso de la población que está deseosa de leer. La historia al respecto debiera enseñarnos: no olvidemos que Francis Drake fue elevado a la categoría de Sir (caballero) por la mismísima reina Isabel (la protestante) el año 1581, cuestión que se ha transformado en el secreto peor guardado de la historia.