(Selección de la ponencia)

Josefina Muñoz
Sin duda, el primer aprendizaje escolar fundamental es el de la lectura y la escritura. En nuestro país, las diferentes generaciones han aprendido y aprenden a través de diferentes métodos y libros, y con variados resultados. Por ahí circularon los Catones, silabarios, textos escolares actuales.
La política de dotación de textos escolares a los establecimientos del país se inicia a mediados del siglo XX, básicamente con los llamados “Silabarios”. Hoy día, es una política de carácter universal, y su principal finalidad es que cada niña y niño cuente con un libro de texto para los subsectores definidos como prioritarios, desde 1º Básico a 4º Medio.
Una profesora normalista, Teresa Bascur, recuerda cómo hacía clases en una zona rural: “La cabalgata duró cuatro días, hasta que llegamos a la escuela… Era el año 1929. Despejamos un espacio entre los helechos y las encinas. Nos sentamos alrededor, y usando el silabario Ojo, mis alumnos y alumnas escribieron sus primeras letras en la tierra con sus lápices de coligüe. Fue hermoso. A veces mirábamos el cielo e imitábamos el sol con ‘la o’”.
Algo de historia
Un artículo de Jean Hébrard, historiador francés ligado al mundo de la educación y la lectura, “El aprendizaje de la lectura en la escuela: discusiones y nuevas perspectivas” (Buenos Aires, 2000) entrega algunas interesantes ideas sobre una problemática hoy día mundial: en todas partes existe no solo la percepción, sino evidencias medidas, de que el sistema escolar no está logrando su misión, que se lee poco y mal, en un mundo donde la industria editorial lanza al mercado cientos de miles de libros de los más diversos tipos y contenidos, soportes, formatos, tamaños, número de páginas…
Según Hébrard, el contexto va produciendo cambios en el foco puesto por la sociedad y la escuela en el tema de la lectura. Por ejemplo, hasta la década del 70 se lee “algo” (fundamentalmente libros), porque son importantes en sí, y porque ese “algo” tiene un rol central para la formación de las personas. En la década del 70 lo importante es leer, independientemente de lo que se lea, porque ahora la concepción subyacente es que toda lectura informa y, además, da (debiera dar, más bien) placer. Finalmente, en la década del 80 y hasta ahora, se impone la lectura funcional de todo tipo de objetos que no son libros, como periódicos, revistas, recetas, cuidados de la mascota…
Así, todo lo escrito pasa a formar parte de la cultura escrita y desde los ministerios y otras instituciones comienzan a diseñarse políticas de lectura culturales y escolares que buscan como objetivo central acercar a los libros a los cada vez más esquivos lectores. Editores, escritores, bibliotecas y bibliotecarios, establecimientos escolares, se unen para crear nuevos ambientes de promoción y animación de la lectura. Prácticamente en todos los establecimientos escolares comienzan a crearse los “rincones de lectura”, “la hora feliz”, “la hora del cuento”, para demostrar que no hay nada más placentero que la lectura.
Nuestro siglo XXI
Si antes se leía fundamentalmente a los clásicos, aquellos autores consagrados como parte de un canon universal, ahora la lectura es para descubrir “cosas nuevas” en lo escrito, y ahí están unos nuevos profesionales encargados de orientar y acompañar esta nueva concepción: bibliotecarias y bibliotecarios.
Las nuevas tecnologías de la comunicación han avanzado a una velocidad impensable, se han liberado de los cables y se alojan en aparatos cada vez más pequeños y multifuncionales, para que puedan acompañarnos con facilidad en el hogar, en la calle, en el trabajo, en el ocio. Un mínimo teléfono nos permite ya no solo conversar, sino enviar y recibir mail, tomar fotos, conectarnos a Internet y leer, ver programas de TV, escuchar música y noticias, guardar nuestros trabajos, recibir y traspasar información, etc. Y por otro lado, nuestros libros impresos, donde dicho de la manera más simplista, nos permiten solamente el “esfuerzo” de leer.
Retomando el tema del lenguaje y sus cuatro habilidades centrales: hablar, escuchar, leer y escribir, hablamos hace más de 30.000 años, pero escribimos hace 5.000 años y eso no constituye aún un fenómeno mundial para todas las sociedades actuales, ya que existen culturas de tradición oral, y el llamado analfabetismo funcional.
Las dos primeras habilidades se aprenden fundamentalmente en el hogar y las dos segundas en la escuela, en un período de alrededor de dos años. Todas se interrelacionan en cualquier espacio donde se dé la comunicación, y confluyen para mejorar y ampliar el manejo de la lengua, el pensamiento, la necesidad de entender y entendernos. Por otra parte, se adquieren a través de prácticas sociales y culturales, fuera y dentro de la escuela.
Desafíos de la escuela
Aprender a leer y escribir es una tarea central que la sociedad ha depositado de manera específica en la escuela, especialmente durante los primeros años, y es la base para todos los procesos de enseñanza – aprendizaje en todo ámbito del conocimiento.
Los desafíos son innumerables, pero algunos son (siguen siendo) los siguientes:
-Entregar una educación con equidad y calidad, que permita reducir la brecha de quienes tienen altos niveles de vulnerabilidad social y cultural.
-Lograr que todos los niños y niñas aprendan, respetando los ritmos propios.
-Generar procesos de enseñanza-aprendizaje entendiéndose como “comunidades de aprendizaje”, donde TODOS aprenden y descubren.
-Utilizar los textos escolares, las bibliotecas, los libros, los materiales didácticos, como oportunidades para potenciar las habilidades lingüísticas, especialmente la lectura comprensiva, como una fuente inagotable para compartir (y crear) conocimientos, pensamientos, emociones, sentimientos, valores, opiniones.
-Capacidad para despertar interés permanente por: la investigación y el conocimiento científico, la comprensión del mundo, la participación en el mundo en que se vive, el interés por formas más complejas del arte (literatura, música, artes plásticas…)
El tema de la lectura y la escritura seguirá produciendo pasiones y angustias, complejas investigaciones y estudios, discusiones, nuevas teorías, opositores y detractores, creación de estrategias y panaceas para animar ambos procesos. Y eso es bueno, porque significa generar diálogos sociales y creer –al menos parte de la sociedad– que la lectura tiene un valor, una capacidad para hacernos más humanos, razón suficiente para estar aquí y ahora y por los siglos de los siglos.
La política de dotación de textos escolares a los establecimientos del país se inicia a mediados del siglo XX, básicamente con los llamados “Silabarios”. Hoy día, es una política de carácter universal, y su principal finalidad es que cada niña y niño cuente con un libro de texto para los subsectores definidos como prioritarios, desde 1º Básico a 4º Medio.
Una profesora normalista, Teresa Bascur, recuerda cómo hacía clases en una zona rural: “La cabalgata duró cuatro días, hasta que llegamos a la escuela… Era el año 1929. Despejamos un espacio entre los helechos y las encinas. Nos sentamos alrededor, y usando el silabario Ojo, mis alumnos y alumnas escribieron sus primeras letras en la tierra con sus lápices de coligüe. Fue hermoso. A veces mirábamos el cielo e imitábamos el sol con ‘la o’”.
Algo de historia
Un artículo de Jean Hébrard, historiador francés ligado al mundo de la educación y la lectura, “El aprendizaje de la lectura en la escuela: discusiones y nuevas perspectivas” (Buenos Aires, 2000) entrega algunas interesantes ideas sobre una problemática hoy día mundial: en todas partes existe no solo la percepción, sino evidencias medidas, de que el sistema escolar no está logrando su misión, que se lee poco y mal, en un mundo donde la industria editorial lanza al mercado cientos de miles de libros de los más diversos tipos y contenidos, soportes, formatos, tamaños, número de páginas…
Según Hébrard, el contexto va produciendo cambios en el foco puesto por la sociedad y la escuela en el tema de la lectura. Por ejemplo, hasta la década del 70 se lee “algo” (fundamentalmente libros), porque son importantes en sí, y porque ese “algo” tiene un rol central para la formación de las personas. En la década del 70 lo importante es leer, independientemente de lo que se lea, porque ahora la concepción subyacente es que toda lectura informa y, además, da (debiera dar, más bien) placer. Finalmente, en la década del 80 y hasta ahora, se impone la lectura funcional de todo tipo de objetos que no son libros, como periódicos, revistas, recetas, cuidados de la mascota…
Así, todo lo escrito pasa a formar parte de la cultura escrita y desde los ministerios y otras instituciones comienzan a diseñarse políticas de lectura culturales y escolares que buscan como objetivo central acercar a los libros a los cada vez más esquivos lectores. Editores, escritores, bibliotecas y bibliotecarios, establecimientos escolares, se unen para crear nuevos ambientes de promoción y animación de la lectura. Prácticamente en todos los establecimientos escolares comienzan a crearse los “rincones de lectura”, “la hora feliz”, “la hora del cuento”, para demostrar que no hay nada más placentero que la lectura.
Nuestro siglo XXI
Si antes se leía fundamentalmente a los clásicos, aquellos autores consagrados como parte de un canon universal, ahora la lectura es para descubrir “cosas nuevas” en lo escrito, y ahí están unos nuevos profesionales encargados de orientar y acompañar esta nueva concepción: bibliotecarias y bibliotecarios.
Las nuevas tecnologías de la comunicación han avanzado a una velocidad impensable, se han liberado de los cables y se alojan en aparatos cada vez más pequeños y multifuncionales, para que puedan acompañarnos con facilidad en el hogar, en la calle, en el trabajo, en el ocio. Un mínimo teléfono nos permite ya no solo conversar, sino enviar y recibir mail, tomar fotos, conectarnos a Internet y leer, ver programas de TV, escuchar música y noticias, guardar nuestros trabajos, recibir y traspasar información, etc. Y por otro lado, nuestros libros impresos, donde dicho de la manera más simplista, nos permiten solamente el “esfuerzo” de leer.
Retomando el tema del lenguaje y sus cuatro habilidades centrales: hablar, escuchar, leer y escribir, hablamos hace más de 30.000 años, pero escribimos hace 5.000 años y eso no constituye aún un fenómeno mundial para todas las sociedades actuales, ya que existen culturas de tradición oral, y el llamado analfabetismo funcional.
Las dos primeras habilidades se aprenden fundamentalmente en el hogar y las dos segundas en la escuela, en un período de alrededor de dos años. Todas se interrelacionan en cualquier espacio donde se dé la comunicación, y confluyen para mejorar y ampliar el manejo de la lengua, el pensamiento, la necesidad de entender y entendernos. Por otra parte, se adquieren a través de prácticas sociales y culturales, fuera y dentro de la escuela.
Desafíos de la escuela
Aprender a leer y escribir es una tarea central que la sociedad ha depositado de manera específica en la escuela, especialmente durante los primeros años, y es la base para todos los procesos de enseñanza – aprendizaje en todo ámbito del conocimiento.
Los desafíos son innumerables, pero algunos son (siguen siendo) los siguientes:
-Entregar una educación con equidad y calidad, que permita reducir la brecha de quienes tienen altos niveles de vulnerabilidad social y cultural.
-Lograr que todos los niños y niñas aprendan, respetando los ritmos propios.
-Generar procesos de enseñanza-aprendizaje entendiéndose como “comunidades de aprendizaje”, donde TODOS aprenden y descubren.
-Utilizar los textos escolares, las bibliotecas, los libros, los materiales didácticos, como oportunidades para potenciar las habilidades lingüísticas, especialmente la lectura comprensiva, como una fuente inagotable para compartir (y crear) conocimientos, pensamientos, emociones, sentimientos, valores, opiniones.
-Capacidad para despertar interés permanente por: la investigación y el conocimiento científico, la comprensión del mundo, la participación en el mundo en que se vive, el interés por formas más complejas del arte (literatura, música, artes plásticas…)
El tema de la lectura y la escritura seguirá produciendo pasiones y angustias, complejas investigaciones y estudios, discusiones, nuevas teorías, opositores y detractores, creación de estrategias y panaceas para animar ambos procesos. Y eso es bueno, porque significa generar diálogos sociales y creer –al menos parte de la sociedad– que la lectura tiene un valor, una capacidad para hacernos más humanos, razón suficiente para estar aquí y ahora y por los siglos de los siglos.
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